Él

Digan lo que me digan, para mi fue especial y punto. Parezca lo que parezca, para mi lo fue y punto.
Era como tocar lo más tierno e inocente del universo. Era como verse a uno mismo reflejado antes que la vida haga lo suyo. Era como sentir la calma y la paz de cuando eras sólo un niño.
Cuando vi esa sonrisa por primera vez, sólo me bastó una foto para saber que llegaría a amarlo, me bastó un roce tímido en la pierna junto a una mala película ( la cual, confieso que no le presté nada de atención) y un beso robado para empezar a sentir demasiado.
Pude ver esa ternura e inocencia debajo de esa careta de sólo querer pasar una noche y logré enamorarlo con esa mirada perdida que tengo sólo cuando me siento demasiado nervioso.
Tonta mente la mía, tonto ego que piensa sentirse seguro de las cosas. Mi gran error.
Esa ternura, que te podía hacer cartas a mano transportandote a aquella época donde todo era más sano y perfecto, llenandote de detalles a cada hora, viviendo para ti. Esa ternura que podía rescatarte de seguir podrido por dentro gracias a la vida. Esa ternura que por primera vez te despierta sentimientos que pensabas que no existían. Esa ternura capaz de hacer todo por sacarte una sonrisa, hasta llorar y sufrir con tal de que tú estés bien. Esa ternura por la que decides mejorar. Esa ternura capaz de hacerte la persona más feliz del mundo y la persona más infeliz sobre la tierra. Esa ternura por la que mi corazón y mi alma comienzan a estar en paz, luego de haber estado rotos. Esa ternura a la que le desgarre el alma y la vida.
Esa ternura que a mis 28 años me mostró que el mundo aún puede ser inocente, esa ternura que a su corta edad me dio una gran lección de vida, esa ternura que me volvió loco de amor, de ira, de todo. Esa ternura dueño de esta historia.

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